martes, 2 de octubre de 2012

Hans Silvester

Hans Silvester es un fotógrafo y militante medioambiental alemán (nacido el 2 de octubre de 1938 en Lörrach, vive en Lioux, Provence, Francia). Sus trabajos más conocidos son las fotografías de las pinturas corporales de los indígenas de Etiopía que viven el valle del río Omo.

 

 

© Hans Silvester

© Hans Silvester

 

 

Biografía

Durante su adolescencia comenzó a realizar sus primeras fotografías, tras regalarle sus padres una cámara con 14 años. 

La fotografía le apasiona desde entonces, pero son los viajes lo que le dará la idea del reportaje. Después de graduarse de la escuela de Friburgo en 1955, viajó por toda Europa, especialmente por la Camargue.

Sobre esta región, en 1960, publicó una historia con textos de Jean Giono que fue un éxito inmediato. Esta obra marcó el comienzo de su fama al mismo tiempo que fue el comienzo de una larga historia de amor con la Provenza, donde se instaló en 1962, pero continuó viajando por todo el mundo: América del Sur (para un informe de carácter humanitario), Estados Unidos (donde permaneció seis meses), América Central, Japón, Portugal, Egipto, Túnez, Hungría, Perú, Italia y España.

Se unió a la agencia Rapho en 1965 y en 1977 el primer número de la revista Geo publicó una crónica suya de un pueblo del País Vasco.

En los años ochenta decidió dirigir su trabajo hacia la militancia medioambiental, realizando reportajes sobre temas como la deforestación de la selva amazónica, la situación de los parques naturales en Europa, el río Calavon, afluente del Ródano al que calificó de «río asesinado» o la explotación forestal en América del norte.

Es un fotógrafo de naturaleza con una gran variedad de temas como palomas, los caballos de Camargue, pájaros, perros y gatos de las islas griegas, y también la petanca, espantapájaros, cometas, etc.

 

Las tribus del Omo

En los confines de Etiopía, a siglos de la modernidad, Hans Sylvester fotografió durante seis años a unas tribus donde hombres, mujeres, niños y viejos son genios de un arte ancestral.

A los pies del río de Omo, a caballo sobre el triángulo Etiopía-Sudán-Kenia, el gran valle del Rift que lentamente se separa de África, es una región volcánica que abastece de una paleta inmensa de pigmentos, ocre rojo, caolín blanco, verde cobrizo, color amarillo luminoso o gris ceniza.

Los indígenas tienen el genio de la pintura, y su cuerpo de dos metros de altura es un lienzo inmenso.

La fuerza de su arte radica en tres palabras: dedos, velocidad y libertad.

Dibujan con las manos abiertas, con el trozo de una uña, a veces con una madera, una caña, un tallo aplastado. Gestos vivos, rápidos y espontáneos, más allá de la infancia, ese movimiento esencial que buscan los grandes genios contemporáneos cuando tras haber aprendido mucho intentan olvidarlo todo.

Solamente el deseo de decorarse, de seducir, de ser bello, un juego y un placer permanente. Les basta con sumergir los dedos en la arcilla y, en dos minutos, sobre el pecho, los pechos, el pubis, las piernas, nace el arte y no tiene que envidiar nada a un Picasso, Pollock, Tàpies, Klee,

 

 

 

 

Referencias

 

 

 

Libros

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